Cómo cambiar la tasa de refresco para optimizar el consumo

Última actualización: 21 mayo, 2026
  • La tasa de refresco determina cuántas veces por segundo se actualiza la imagen y afecta directamente a fluidez y consumo.
  • En móviles y monitores modernos es posible alternar entre varios Hz (60, 90, 120, 144…) desde los ajustes del sistema o de la GPU.
  • Elegir menos hercios reduce el gasto energético y posibles molestias visuales, mientras que subirlos mejora la respuesta en juegos.
  • Ajustar la frecuencia según el uso permite equilibrar rendimiento, comodidad y autonomía sin cambiar de dispositivo.

Cómo cambiar la tasa de refresco para optimizar el consumo

Aunque ya se habla de esta característica en casi cualquier ficha técnica, la realidad es que muchos usuarios no saben bien qué es, cómo afecta al consumo y, sobre todo, cómo cambiar la tasa de refresco para optimizar la batería o la experiencia de uso en móviles, portátiles y monitores de PC. Vamos a recopilar y reorganizar toda esa información para que lo tengas clarísimo y puedas ajustar tu pantalla como más te convenga.

Qué es la tasa de refresco y por qué importa tanto

La tasa de refresco, también llamada frecuencia de actualización, indica cuántas veces por segundo se actualiza por completo la imagen del panel. Se mide en hercios (Hz), y en la práctica podemos decir que está muy relacionada con los fotogramas por segundo (FPS) que ves.

Si una pantalla funciona a 60 Hz, significa que puede mostrar hasta 60 imágenes distintas cada segundo. A 90 Hz, 90 imágenes por segundo; a 120 Hz, 120, y así sucesivamente. Cuantos más hercios, más suave y continua parece la animación: los menús se desplazan sin tirones, el scroll es más agradable y los juegos reaccionan con mayor rapidez visual.

Durante muchos años, lo habitual en móviles y monitores era quedarse en 60 Hz como estándar. Pero en torno a 2019 empezaron a aparecer teléfonos con 90 Hz, como la gama alta de OnePlus, y poco a poco estos paneles se han ido colando incluso en móviles económicos. Hoy es relativamente fácil encontrar smartphones de menos de 200 euros, como algunos modelos de Xiaomi o realme, con pantallas de 90 Hz o incluso 120 Hz.

El salto no se ha quedado ahí: también hay móviles con paneles de 144 Hz y más, así como monitores gaming para PC que superan holgadamente esa cifra (165 Hz, 240 Hz, etc.). En ellos, las animaciones parecen mantequilla, y si juegas a títulos competitivos se nota una barbaridad. Eso sí, todo tiene un precio: a mayor tasa de refresco, mayor consumo eléctrico y, en el caso de los portátiles y móviles, menos autonomía.

Relación entre tasa de refresco y batería o consumo energético

Para entender por qué la tasa de refresco afecta al consumo basta con pensar que, a más hercios, más veces tienen que encenderse y apagarse los píxeles de la pantalla cada segundo. Ese trabajo extra implica un gasto energético adicional, tanto en la propia pantalla como en la GPU que genera las imágenes.

En un móvil, subir de 60 Hz a 90 o 120 Hz suele suponer una diferencia apreciable en la autonomía. Muchos usuarios notan que al activar el modo de alta frecuencia el porcentaje de batería baja más rápido, sobre todo si pasan el día desplazándose por redes sociales, navegando o jugando.

En un portátil gaming pasa algo parecido: si la pantalla está funcionando permanentemente a 144 Hz o más, el panel y la gráfica trabajan a mayor ritmo. Esto se traduce en menos horas lejos del cargador, algo especialmente evidente cuando usas el equipo en batería para tareas sencillas como ofimática o navegación.

En un PC de sobremesa el impacto no se nota tanto en batería (porque no tiene), pero sí en consumo global del sistema, calor y, en algunos casos, posibles mareos o sensación incómoda al hacer scroll muy suave en monitores de alta frecuencia, algo que algunas personas comentan con paneles de 144 Hz o superiores.

Por eso tiene mucho sentido ajustar los hercios a lo que vayas a hacer en cada momento: alta frecuencia cuando quieres máxima fluidez (juegos competitivos, experiencias muy rápidas) y frecuencias más moderadas cuando te interesa ahorrar energía o simplemente trabajar tranquilo.

Cómo saber la tasa de refresco de tu móvil Android

Antes de tocar nada conviene comprobar qué es capaz de hacer tu pantalla. En Android, casi todos los fabricantes incluyen la información de la tasa de refresco directamente en los ajustes de pantalla, aunque la ubicación exacta puede variar según la capa.

Lo más habitual es abrir la app de Ajustes, entrar en la sección de pantalla (a veces llamada “Pantalla y brillo” o algo similar) y buscar un apartado con nombres del estilo “Tasa de refresco”, “Frecuencia de actualización” o “Pantalla fluida”. Ahí suele aparecer tanto el valor actual como las opciones disponibles (60, 90, 120 o más Hz).

En algunos modelos, especialmente si tienen modos inteligentes, te encontrarás una opción de tasa de refresco adaptativa o dinámica. Esto lo que hace es ajustar automáticamente los hercios según lo que estés haciendo: sube cuando te mueves por la interfaz o juegas y baja en contenidos estáticos para ahorrar energía.

Si por la razón que sea en los ajustes no se especifica con claridad o quieres datos más técnicos, puedes usar apps específicas como Display Checker, que muestran la información detallada del panel y de las frecuencias soportadas. Este tipo de utilidades permiten ver qué modos admite tu pantalla y cuál se está utilizando en tiempo real.

Con una herramienta así, verás un listado con las resoluciones y frecuencias compatible tipo “1920×1080 @ 60 Hz, 90 Hz, 120 Hz…”. Además, muchas incluyen una opción para mostrar superpuesto en pantalla el valor de hercios que se está usando en cada momento, lo que ayuda a comprobar si el modo adaptativo realmente hace su trabajo o si el sistema se queda fijo en una frecuencia concreta.

Cómo cambiar la tasa de refresco en Android para optimizar el consumo

Cómo cambiar la tasa de refresco para optimizar el consumo

Una vez sabes qué admite tu panel, llega lo interesante: ajustar la tasa de refresco según te convenga. El procedimiento puede variar ligeramente entre marcas, pero la lógica suele ser siempre la misma y no tiene complicación.

Normalmente, los pasos a seguir son algo como esto: entras en Ajustes, luego en la sección de pantalla, buscas el menú de tasa de refresco y eliges el valor deseado entre las opciones disponibles (60 Hz, 90 Hz, 120 Hz, 144 Hz, etcétera). En cuanto confirmes el cambio, notarás que las animaciones se vuelven más suaves o, al contrario, que ya no son tan “mantequilla” pero la batería cunde más.

En muchos móviles verás también la ya mencionada opción de tasa de refresco adaptativa. Este modo es un buen equilibrio para quien no quiere estar cambiando manualmente todo el rato: el sistema sube a altas frecuencias cuando moverte por la interfaz o jugar lo requiere, y baja en fotos, textos estáticos o vídeos a 24/30 FPS para reducir consumo.

Aunque algunos fabricantes han bautizado estas opciones con nombres comerciales distintos, la idea es la misma: que el teléfono no se quede clavado todo el día en 120 o 144 Hz si no es necesario. Eso sí, si quieres exprimir la máxima autonomía, lo más efectivo suele ser seleccionar manualmente 60 Hz y dejarlo fijo.

Importa recalcar que, independientemente de que tu móvil sea de Xiaomi, Samsung, Huawei, realme, OPPO o OnePlus, el camino general siempre pasa por los ajustes de pantalla del sistema. Cambia el nombre del menú, cambia el orden, pero la lógica es idéntica: pantalla → tasa de refresco → escoger el modo deseado.

Cambiar la frecuencia de refresco del monitor en Windows

Si saltamos al mundo del PC, Windows también permite cambiar la frecuencia de refresco del monitor sin necesidad de recurrir a los paneles de control de la gráfica. De hecho, usar el propio sistema suele ser más directo y menos propenso a líos que andar tocando software adicional que luego se nos olvida que está ahí.

El objetivo aquí suele ser el mismo: si tienes un monitor de 144 Hz o superior, puede que quieras usar esos hercios solo cuando juegas y mantener una frecuencia más baja el resto del tiempo para evitar posibles molestias visuales o simplemente porque no lo necesitas para ofimática.

En Windows, todo se puede gestionar desde las opciones de pantalla. Desde el escritorio, puedes hacer clic derecho en un espacio vacío y entrar en “Configuración de pantalla”, o buscar ese término desde el menú de inicio. Una vez dentro, verás los ajustes generales de resolución y disposición de monitores, y un enlace a la sección “Configuración de pantalla avanzada”.

En la pantalla avanzada aparece un resumen de las características de cada monitor conectado. Allí suele haber un enlace tipo “Mostrar las propiedades del adaptador de pantalla 1” (o 2, si tienes más monitores). Ese botón abre una ventana clásica de Windows donde, en la pestaña “Monitor”, se ubica el cuadro desplegable con las frecuencias de refresco disponibles.

En ese menú solo se listan los hercios que el sistema considera compatibles con tu monitor y con la configuración actual. Es decir, si tu pantalla es de 60 Hz no te dejará forzar 144, y si es de 144 Hz típicamente verás opciones como 50, 60, 120, 144 Hz (pueden variar según el modelo). Tras seleccionar la deseada y aplicar, la pantalla parpadea un par de segundos y el nuevo valor queda establecido.

Uso del panel de control de NVIDIA y NVIDIA App para ajustar los Hz

Más allá de la configuración de Windows, quienes tienen tarjeta gráfica NVIDIA cuentan con dos herramientas adicionales: el Panel de control de NVIDIA clásico y la aplicación NVIDIA App más moderna, que combina funciones que antes estaban separadas.

El panel de control de NVIDIA suele estar accesible desde el icono de la bandeja del sistema o haciendo clic derecho en el escritorio. Dentro, en la sección de “Pantalla”, hay un apartado llamado normalmente “Cambiar la resolución”. Ahí puedes seleccionar el monitor deseado y ajustar tanto resolución como frecuencia de refresco.

En ese mismo menú se muestra un desplegable con las frecuencias disponibles, muy similar al que aparece en Windows pero gestionado por los controladores de la gráfica. Si no ves el valor que buscas, puede deberse a dos cosas: o bien el monitor no soporta esa frecuencia, o bien estás usando un conector (por ejemplo, cierta versión de HDMI) que no permite exprimir todos los Hz disponibles y tendrías que pasar a DisplayPort u otro puerto compatible.

La nueva aplicación NVIDIA App, que ha ido sustituyendo poco a poco al panel tradicional y a GeForce Experience, centraliza tanto las opciones de optimización de juegos como las de sistema. Dentro de la pestaña de Sistema, y concretamente en el bloque de propiedades de pantalla, puedes ver el tipo de conector, la resolución y la tasa de refresco actual, con otro desplegable para cambiar los hercios sin reiniciar el PC.

Ambas soluciones funcionan de manera similar: eliges frecuencia, aplicas y la pantalla se reajusta. Lo cómodo es que, desde estos paneles, también puedes controlar otras funciones como G-Sync, resoluciones personalizadas, orientación de la pantalla o diferentes perfiles según monitor, todo en un mismo sitio.

En algunas combinaciones de hardware y drivers puede aparecer una casilla (a veces en gris) que oculta las frecuencias no compatibles con el monitor. Aunque en ciertos casos podrías forzar valores “raros”, lo más sensato es no jugar con modos que tu monitor no soporte oficialmente, ya que podrías tener problemas de sincronización o mostrar la imagen de forma incorrecta.

Problemas frecuentes al bajar la tasa de refresco en PC y Linux

No siempre es tan sencillo como abrir el menú y elegir 60 Hz. En algunos equipos, especialmente portátiles gaming con paneles de alta frecuencia, la combinación de drivers, sistema operativo y hardware hace que solo se ofrezca la frecuencia máxima, sin posibilidad visible de bajarla.

Esto puede ocurrir tanto en Windows con ciertos controladores gráficos como en distribuciones Linux. Un caso típico es el de un portátil con pantalla de 144 Hz donde xrandr, la herramienta de configuración de monitores en Linux, solo muestra el modo 1920×1080 a 144 Hz y devuelve errores si intentas añadir manualmente un modo a 60 Hz con cvt y xrandr.

Cuando xrandr se queja con mensajes tipo “Rate 60.00 Hz not available for this size” o errores de parámetros no válidos, suele indicar que el driver o el panel eDP interno están limitados de fábrica a una sola frecuencia. En estos casos puede ayudar actualizar los controladores, cambiar la versión del servidor gráfico o probar con otro kernel o distribución, pero no siempre es posible desbloquear más modos.

En Windows, una limitación de este tipo también puede estar relacionada con el conector o el cable si hablamos de monitores externos: algunos modelos solo ofrecen sus hercios máximos a través de DisplayPort, mientras que mediante cierto HDMI se quedan restringidos. Reemplazar el cable o usar otro puerto suele desbloquear todas las frecuencias anunciadas por el fabricante.

Si has reinstalado drivers (tanto en Intel, NVIDIA o AMD) y aun así el sistema insiste en mostrar solo un valor de hercios, conviene revisar las especificaciones del panel en la web del fabricante y en el manual. Hay portátiles, por ejemplo, cuyos paneles internos anuncian que soportan 60 Hz pero en la práctica vienen “cerrados” a la frecuencia máxima (como 165 Hz) y solo permiten cambiar los hercios en monitores externos.

Para qué sirve realmente cambiar la frecuencia de refresco

Más allá del aspecto técnico, la pregunta clave es: ¿qué ganas cambiando la frecuencia? La respuesta depende de para qué uses el dispositivo, pero en general hablamos de un equilibrio entre fluidez visual, comodidad y consumo energético.

En tareas de ofimática (procesadores de texto, hojas de cálculo, navegación moderada), una frecuencia de 60 Hz suele ser más que suficiente. Con esa tasa, las imágenes no deberían cortarse ni parpadear si el monitor está bien configurado, y subir a 120 o 144 Hz no va a hacer que trabajes más rápido, aunque sí que el desplazamiento sea algo más suave.

En juegos, la cosa cambia. En títulos exigentes, si priorizas la calidad gráfica, muchos jugadores se quedan en 60 FPS y 60 Hz, sobre todo si su equipo no da para mucho más. Pero en shooters competitivos o juegos de eSports, donde la rapidez visual es crucial, un monitor de 120, 144 Hz o más es una ventaja. El movimiento se ve con menos desenfoque y reaccionas con más precisión a lo que pasa en pantalla.

Eso sí, no todos los juegos aprovechan las altas tasas de refresco: hay títulos que están capados a 60 FPS por diseño, como varios de los desarrollados por FromSoftware (Elden Ring, Dark Souls, etc.). En esos casos, por mucho que tu monitor tenga 240 Hz, el juego no va a ir más allá de 60, y forzar más hercios solo añadirá consumo innecesario sin mejora real.

En portátiles gaming o móviles con pantalla de alta frecuencia tiene aún más sentido jugar con los hercios: si tu equipo es modesto y la mayoría de juegos se mueven sobre 60 FPS, configurar la pantalla a 60 Hz o a un valor cercano permite igualar refresco y rendimiento real, evitando que el panel trabaje de más sin que se vea una ventaja clara.

Cambiar la frecuencia no es solo una cuestión de capricho, sino una forma sencilla de adaptar el dispositivo a lo que necesitas en cada momento, ya sea ahorrar batería, evitar mareos por exceso de suavidad o exprimir la pantalla en una partida competitiva.

Después de todo lo anterior, queda claro que entender y manejar la tasa de refresco es una de esas pequeñas cosas que marcan la diferencia en el día a día: saber qué hercios soporta tu pantalla, cómo cambiar entre 60, 90, 120 o 144 Hz en móvil, Windows o Linux y cuándo conviene subir o bajar la frecuencia te permite encontrar ese punto dulce entre suavidad, comodidad y consumo, aprovechando mejor el hardware que ya tienes sin gastar un euro más.

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