La sensación de estar “enganchado” a Instagram no siempre encaja con lo que los expertos consideran una adicción real. Un trabajo reciente, publicado en la revista científica Scientific Reports y realizado con más de mil adultos, apunta a que muchos usuarios frecuentes sobrevaloran hasta qué punto dependen de la plataforma.
Según esta investigación, para la mayoría de personas el uso intensivo de redes sociales responde más a un hábito que a una adicción en sentido clínico. El problema es que el discurso público, especialmente en los medios, insiste tanto en el término “adicción” que acaba influyendo en la manera en que los propios usuarios interpretan su comportamiento online.
Un estudio con más de 1.200 adultos: hábito frente a adicción

El trabajo, liderado por Ian Anderson y Wendy Wood desde instituciones estadounidenses como el Instituto Tecnológico de California y la Universidad del Sur de California, analizó el comportamiento de 1.204 usuarios adultos de Instagram, con una edad media cercana a los 44 años. Se trata de un perfil más cercano al usuario general que el típico estudiante universitario, sobre el que se han basado muchos estudios previos.
En una primera fase, el equipo encuestó a 380 personas usuarias de Instagram para que indicasen hasta qué punto se consideraban adictas a la plataforma. Después, se les sometió a una evaluación específica de síntomas de uso adictivo, similar a la que se aplica a otras adicciones conductuales o de sustancias.
En este tipo de diagnósticos se tienen en cuenta señales como dificultades para controlar el uso, ansias intensas cuando no se puede acceder, síntomas de abstinencia y persistencia en el comportamiento a pesar de consecuencias negativas claras. Es decir, no basta con pasar mucho tiempo conectado: hace falta que ese uso genere un deterioro real y que la persona sea incapaz de modularlo.
Los datos resultantes fueron llamativos: alrededor de un 18% de los encuestados se mostraba al menos “algo de acuerdo” con la idea de ser adicto a Instagram, y en torno a un 5% afirmaba estar muy de acuerdo. Sin embargo, cuando se aplicaron los criterios de síntomas, solo un 2% encajaba en un perfil de posible adicción.
Esta brecha entre autoimagen y evaluación clínica llevó al equipo a plantearse una pregunta de fondo: si tantas personas se sienten adictas pero apenas unas pocas muestran síntomas compatibles, ¿de dónde sale esa percepción tan alarmista sobre su propia relación con las redes?
El papel del lenguaje mediático: miles de titulares que hablan de “adicción”

Para intentar explicar esa discrepancia, los investigadores se fijaron en cómo se habla de redes sociales en la prensa. Analizaron el contenido de medios estadounidenses entre noviembre de 2021 y noviembre de 2024 y comprobaron que el término “adicción a las redes sociales” aparecía en 4.383 artículos, frente a solo 50 menciones a “hábito de redes sociales”.
Este desequilibrio ilustra que el uso frecuente de redes suele presentarse casi siempre como una adicción, mientras que la idea de hábito queda prácticamente borrada del debate público. Al final, si los lectores se encuentran una y otra vez con mensajes sobre lo “adictivas” que son las plataformas, es fácil que interioricen esa etiqueta para describir su propia experiencia.
El estudio plantea que este sesgo terminológico no es inocente. Al normalizar el discurso de la adicción -aunque el comportamiento no cumpla los criterios clínicos- se empuja a muchos usuarios a autodefinirse como adictos, sin que eso se corresponda con su realidad. Y esa autodefinición no solo es imprecisa, sino que puede tener efectos psicológicos poco deseables.
Los autores recuerdan que, en paralelo, distintas instituciones sanitarias han comparado el uso intensivo de redes con el abuso de sustancias, subrayando posibles similitudes neurológicas. Ese tipo de mensajes, aunque quieran alertar de los riesgos, pueden reforzar la impresión de que cualquier uso elevado equivale automáticamente a un problema de adicción.
Frente a esta lectura, la investigación concluye que, al menos en las muestras analizadas, el patrón dominante se parece más a un hábito muy arraigado que a una dependencia en sentido estricto. Y eso cambia bastante las herramientas que podrían resultar más útiles para afrontarlo.
Cuando creerse adicto empeora la relación con Instagram
En la segunda parte del trabajo, con 824 usuarios adultos de Instagram, el equipo se centró en qué ocurre cuando se anima explícitamente a los participantes a pensar su propio uso en términos de “adicción”. No se trataba solo de medir horas de pantalla, sino de observar cómo cambia la percepción subjetiva cuando se introduce esa etiqueta.
Los resultados apuntan a que enmarcar el consumo de redes como adictivo se asocia con una menor sensación de control sobre el propio comportamiento. Es decir, cuando la persona se dice a sí misma que es adicta, tiende a creer también que tiene poco margen de maniobra para cambiar lo que hace con el móvil.
Además, ese marco mental va acompañado de un aumento de la culpa, tanto dirigida hacia uno mismo (“no soy capaz de dejarlo”) como hacia la propia plataforma (“Instagram me tiene atrapado”). Este cóctel de culpa y pérdida de control percibida no facilita precisamente tomar decisiones serenas sobre cómo usar la aplicación.
Según los autores, ver el problema únicamente como una adicción puede resultar estigmatizante y, en cierto modo, paralizante. Si la sensación es que todo depende de una especie de “enganche” incontrolable, es más fácil asumir que no hay mucho que hacer salvo resignarse o esperar una solución externa.
En cambio, si el foco se pone en los hábitos que se han ido reforzando con el tiempo -notificaciones, rutinas diarias, tiempos muertos-, el usuario puede empezar a trabajar sobre esos automatismos con estrategias más sencillas: cambiar ajustes, fijar horarios, retirar el móvil de ciertos momentos del día o buscar actividades alternativas.
De la alerta sanitaria al enfoque en los hábitos
El estudio también contextualiza el debate en un escenario donde figuras públicas y organismos de salud han alertado de posibles efectos nocivos del consumo intensivo de redes. No se niega que exista un riesgo para determinados perfiles, ni que pueda haber casos de adicción real con impacto serio en la vida diaria.
Sin embargo, los autores insisten en que extrapolar esas situaciones a toda la población usuaria y hablar de adicción cada vez que alguien pasa mucho tiempo en Instagram puede ser contraproducente. Entre otros motivos, porque desvía la atención de estrategias prácticas de gestión del tiempo y del entorno digital.
Como recuerda Ian Anderson en declaraciones recogidas por la revista de su institución, las aplicaciones se diseñan para generar hábitos fuertes, aprovechando mecanismos de recompensa, notificaciones constantes y contenidos personalizados. No obstante, de ahí no se deduce automáticamente que todas las personas acaben desarrollando una adicción clínica.
Para gran parte de los usuarios, lo que hay detrás del “no puedo dejar de mirar Instagram” son rutinas muy aprendidas (abrir la app al despertarse, consultar el feed en el transporte público, revisar historias antes de dormir) que se repiten casi en piloto automático. Trabajar sobre esas rutinas puede resultar menos dramático y más efectivo que asumir de entrada una etiqueta de adicción.
Desde una perspectiva europea, donde también se discute sobre el impacto de las redes en la salud mental y se barajan posibles regulaciones, estos hallazgos invitan a matizar el discurso político y mediático. Poner todo el foco en la adicción puede invisibilizar herramientas basadas en la psicología de hábitos que podrían ser más útiles para buena parte de la población.
Un uso más cuidadoso del término “adicción”
La conclusión central de la investigación es un llamamiento directo a responsables políticos, profesionales sanitarios y medios de comunicación. Los autores recomiendan utilizar el término “adicción” de forma más selectiva y precisa cuando se hable del uso de redes sociales, y reservarlo para los casos que realmente cumplen los criterios clínicos.
En la práctica, esto pasa por distinguir entre consumo elevado, hábito intenso y adicción, tres realidades que no son equivalentes. Muchas personas pueden usar Instagram a menudo sin que eso derive en un trastorno, mientras que otras sí pueden necesitar atención especializada si el uso interfiere gravemente en su vida cotidiana.
Para quienes se preocupan por pasar demasiado tiempo conectados, los autores apuntan a que puede ser más útil plantearse el problema en términos de hábitos: identificar cuándo y por qué se abre la aplicación, qué disparadores hay detrás (aburrimiento, estrés, costumbre) y qué pequeñas modificaciones se pueden introducir para recuperar sensación de control.
Así, en lugar de reforzar la idea de “soy adicto y no puedo hacer nada”, el objetivo sería construir un mensaje del tipo “tengo un hábito muy marcado que puedo ir ajustando”. Este matiz, aparentemente pequeño, podría marcar la diferencia entre sentir impotencia o ver margen para el cambio.
Los datos del estudio dibujan un panorama menos alarmista de lo que a menudo sugieren los titulares: aunque una parte de los usuarios de Instagram se percibe como adicta, la proporción de casos que realmente muestran signos de una posible adicción es reducida. Lo que sí parece claro es que la manera en que hablamos de las redes -en casa, en consulta y, sobre todo, en los medios- influye directamente en cómo las vivimos y en las herramientas que elegimos para gestionarlas.