- La jueza federal Yvonne Gonzalez Rogers ha rechazado la petición de Meta de archivar la demanda presentada por 29 estados.
- Se investigará si la compañía incumplió deliberadamente la ley de privacidad infantil (COPPA) y ocultó riesgos de salud mental.
- La defensa de Mark Zuckerberg sostiene que la adicción a las redes sociales no es una afección médica reconocida oficialmente.
- El proceso judicial, previsto para agosto, podría marcar un precedente global en la regulación de algoritmos y protección de menores.

La situación legal de Meta se ha complicado de manera significativa tras la última decisión de la justicia estadounidense. Una magistrada federal ha decidido que la empresa matriz de Facebook e Instagram deberá responder ante los tribunales por las acusaciones de fomentar de forma deliberada la adicción entre el público más joven. Esta resolución supone un varapalo para la estrategia de defensa de Mark Zuckerberg, que intentaba cerrar el caso antes de que llegara a mayores.
No se trata de una denuncia aislada, sino de un frente común liderado por casi una treintena de fiscales generales que aseguran que la tecnología de estas redes sociales está diseñada específicamente para enganchar a los menores. Lo que está en juego no es solo una posible multa económica, sino un cambio radical en cómo se gestionan los algoritmos y la privacidad de los adolescentes en el entorno digital, algo que resuena con fuerza también en los debates actuales dentro de la Unión Europea y España.
El revés judicial que pone a Meta contra las cuerdas

La jueza Yvonne Gonzalez Rogers, del distrito de Oakland, ha sido muy clara al denegar la moción de la compañía para desestimar el caso. Al parecer, existen suficientes indicios para investigar si Meta ha incurrido en prácticas de competencia desleal y engaño al público sobre la seguridad de sus plataformas. La magistrada ha puesto el foco en la Ley de Protección de la Privacidad Infantil en Internet, conocida como COPPA, sugiriendo que la empresa no cumplió con los protocolos de consentimiento parental necesarios.
El juicio, que ya tiene fecha en el calendario para el próximo 18 de agosto, tratará de arrojar luz sobre si la empresa ocultó deliberadamente los efectos nocivos de sus algoritmos. Esta batalla legal se integra en un litigio mucho más amplio que agrupa a más de 2.600 demandantes, incluyendo distritos escolares y gobiernos locales que ven con preocupación cómo el uso compulsivo de estas herramientas afecta al rendimiento y la salud de los estudiantes.
Algoritmos bajo sospecha y salud mental adolescente

Los fiscales sostienen que las investigaciones internas y externas coinciden en señalar que el uso intensivo de Instagram y Facebook puede estar vinculado a cuadros de depresión, ansiedad extrema e insomnio crónico. Lo más grave es que las acusaciones apuntan a que Meta conocía estos riesgos y, en lugar de mitigarlos, mantuvo funciones que incentivan el consumo sin límites. Se mencionan incluso casos extremos relacionados con conductas de autolesión que han hecho saltar todas las alarmas sociales.
Desde Menlo Park, la respuesta ha sido tajante al negar que existan pruebas concluyentes de engaño. La defensa de Meta se apoya en un argumento técnico: aseguran que la adicción a las redes sociales no es un trastorno psiquiátrico reconocido oficialmente, por lo que no se les puede acusar de mentir sobre algo que, según ellos, no tiene una base médica establecida. Además, insisten en que sus servicios no están diseñados exclusivamente para niños, intentando esquivar así las regulaciones más estrictas sobre protección a la infancia.
Un precedente para la regulación tecnológica en Europa
Aunque el epicentro del caso está en California, el resultado de este proceso se sigue con lupa desde el viejo continente. En España y el resto de Europa, la sensibilidad hacia el bienestar digital de los menores ha crecido exponencialmente, con propuestas que buscan limitar el acceso a ciertos algoritmos persuasivos, similares a la batalla legal en Europa contra los algoritmos. El hecho de que una jueza vea «disputas fácticas» que merecen un juicio refuerza la postura de quienes piden una regulación mucho más férrea sobre cómo las grandes tecnológicas gestionan la atención de los más vulnerables.
Lo que ocurra en los próximos meses determinará si las empresas tecnológicas tienen una responsabilidad civil directa por el comportamiento de sus algoritmos. La transparencia en el diseño y la obligación de informar sobre riesgos reales podrían dejar de ser recomendaciones éticas para convertirse en imperativos legales. La industria digital se enfrenta a un espejo que le devuelve una imagen incómoda sobre el coste social de sus modelos de negocio basados en el tiempo de permanencia.
El avance de esta causa judicial pone de manifiesto que el control de las plataformas digitales sobre la infancia ya no es un debate meramente académico, sino un asunto de orden público que requiere respuestas contundentes. La decisión de seguir adelante con el juicio subraya la importancia de priorizar la protección del menor frente a los intereses comerciales, obligando a las grandes corporaciones a replantearse si sus herramientas son realmente seguras para los cerebros en desarrollo de las nuevas generaciones.

